Martí nos duele todavía 

Por: Juan Cabanas


Mayo nos trae siempre el vacío inmedible que nos dejó la muerte del mejor de los cubanos, como si la patria entera se hubiera ido tras él y el sonido de la vida no apareciera por ninguna montaña.
Su caída en combate fue como un relámpago en medio del monte, una detonación que no avisó, ni Máximo Gómez, ni los mambises que tanto lo amaban pudieron impedir el golpe extraño del cuerpo contra la tierra.
La vida de José Martí estaba profetizada hasta ese minuto, la existencia sería vertida sobre el país que lo vio sufrir, otros vendrían más tarde hasta el lugar de los hechos, así lo cuenta uno de los guajiros que lo conoció en su trayecto de Playita a Dos Ríos: “Nosotros fuimos con mi papá a ver dónde de él cayó. Debió borbollarle mucha sangre, porque había un reguero grande en la tierra. Mi papá recogió un poco de esa tierra, escarbó con el cuchillo y la guardó en un pomo. Más adelante, al poquito tiempo, marcó el lugar con un palo de corazón. Y al año siguiente estuvo allí el general Gómez con su tropa y pusieron el recuerdo de un montoncito de piedras”.
Después de su deceso, los campesinos no permitieron que los árboles donde el apóstol amarró su hamaca alguna vez fueran cortados, como si su espíritu se hubiera quedado adherido a todo lo que sus dedos rozaron.
Martí era un hombre de naturaleza alta, todo lo que miró, escuchó y escribió, lo hizo desde una latitud intelectual desacostumbrada para la mayoría, había en él una esencia de diamante y cedro imposible de descifrar, y de ese olor profundo brotó la poética que deslumbra a todos los lectores:
Yo sé los nombres extraños

de las yerbas y las flores,

y de mortales engaños,

y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura

llover sobre mi cabeza

los rayos de lumbre pura

de la divina belleza.
He visto vivir a un hombre

Con el puñal al costado,

Sin decir jamás el nombre

De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,

Dos veces vi el alma, dos:

Cuando murió el pobre viejo, 

Cuando ella me dijo adiós.
Asomarse a estos versos es tratar de avistar la cima enorme de un volcán, por eso su desaparición física dejó a la isla con un extenso silencio.
En la exhumación del cadáver estuvo el joven soldado mambí Jaime Sánchez Sánchez quien aseveró: “Serían más o menos las cuatro de la tarde de ese día 23, y nunca podré olvidar aquellas imágenes, ni tampoco el mal olor de la carne putrefacta ya. Estábamos presentes el doctor Valencia, su ayudante y yo; extrajimos los cadáveres de Martí y el sargento enterrados en la misma fosa, estando el Apóstol al fondo. Tendimos el cadáver de Martí encima de unas tablas al aire libre. Gran impacto tuve al ver con mis propios ojos las heridas de balas con sangre coaguladas en el pecho, las piernas y cuello. Una de ellas había salido por la boca destrozándole el labio de arriba”.
“…Tampoco podré olvidar algo que me llamó mucho la atención, el médico pidió a su ayudante le abriera la boca al difunto, revisó la dentadura y también colocó algodones, después supe que eso servía para identificar a la persona. Éramos tres los presentes allí, nadie más.

Después de ese proceder se colocaron los restos embalsamados encima de una parihuela destino al fuerte y don Pedro y yo nos dimos a la tarea de hacer el ataúd. En la práctica fui yo quien ejecutó la construcción bajo su dirección. Esa caja la hice con tres tablones de cedro. Por el apuro y como estaba hecha a la montuna hube de gastar una buena cantidad de cera para taparle los huecos que quedaban. Por una idea mía a la altura de la cabeza le puse un cristalito, de esos que traían algunas latas de galleticas. Luego se llevaron al tosco cajón para el fuerte, y se colocó el cadáver de Martí allí.

La obra la comenzamos como a las cinco de la tarde y no la terminamos hasta las tres de la mañana del siguiente día 24. Ocho pesos nos entregaron por la gran faena constructiva…”

Su muerte paralizó el tiempo en el corazón de todos los cubanos dignos, los que aspiraban a la patria libre y pura.


Todos sabían que en Martí estaba la esperanza genuina, la inteligencia eficaz que conduciría a la democracia plena.

Ahora sus restos descansan en un mausoleo conformado por un conjunto arquitectónico de 26 metros de altura y 86 de largo, incluidos la cámara funeraria y áreas exteriores. Se encuentra ubicado en el Cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.

Desde allí unido al cielo nos irradia con su verbo eterno, nos ampara de las tempestades lúgubres que engendran estos tiempos de egoísmo, guerras nucleares y total desconfianza.

En sus discursos, frases y reflexiones está la intimidad de Cuba, y hay que acudir a ellos a desatar el alba.

Amén.    

 

 
 
 
 
 

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