“El día que visité a Dulce María Loynaz”

 
 

Por: Juan Cabanas

 

 

Voy a hacerme la idea que no estoy diciendo nada, que esto es por gusto, decir de la que nunca tuvo nombre es la manera más absurda de perder vuelo, de inferiorizarse a sombra. ¿Qué añadiría a esa Dulce María que vi una sola vez y desde entonces no arrimo otro espacio que aquel Dulzor Metálico?… Pero de seguir así, muriéndome entre su muerte, viviendo su piel que todavía recuerdo la fineza rosada de aquellos brazos que la vejez le impuso, quedaría en los próximos años de mi juventud, una tristeza reseca que nadie podría quitarme, y tengo que seguir, seguir con la fe por delante hasta encontrármela en la mesa del Señor.

Creía yo que las reinas eran mentiras, que no había en El Vedado una casa grande con una mujer gigante, tan MAGNA como ese Orión que aparece cercano al cielo; y sin embargo estaba allí, esperando por mis miserias, por este mendigo inoportuno que se hubiera cambiado por ser el hijo que no tuvo, por ser esquina de aquellos espejuelos que los ojos demasiados ensimismados reclaman al fin, pero nunca pude ser de ella, llegué tardísimo a su amistad, tenía 93 años, yo como máximo 27, era un candelabro, pero las velas, las velas las tenía ella.

A veces uno ve las personas sin verlas, habla hasta con ellas, pasea por el patio, le corta la flor preferida, entra a la sala… y así, así de fácil soñé con la intangible.

Hace siete u ocho años, cuando me dijeron que habían inaugurado un sitio que se nombraba Centro Hermanos Loynaz(Pinar del Río) y fui con un amigo más loco que yo, bailador callejero, desaliñado por excelencia, imagínense, ese transcurso de estudiante, en el tercer año de la carrera donde juegas y te ríes del planeta, y miras al Sur cuando en verdad hay que hacerlo al este, así, en ese tiempo y a las dos y treinta de la tarde fue que le pedimos a alguien de la institución Loynaz un libro de la poetisa, y nos lo dieron, se llamaba Últimos Días de una Casa.

Me senté intranquilo mirando a todas partes, menos a lo que tenía delante (hasta que abrí la primera página, por supuesto), era una edición antigua (olía a ella, después lo supe); sencillo, delgaducho, y sin ninguna ostentación, pero la dureza, lo arrasante estaba dentro, (cosa que maldigo contradictoriamente una y mil veces haber hecho) porque cuando comencé a bajar, a descender por aquellas líneas, rastros de palabras tan sentidas, hirientes en sajaduras hasta más no poder… Amigos, paralicé el libro, y empecé a resucitar, no sé todavía si mi compañero se dio cuenta, pero cada parte de mis cromosomas se hicieron persona por primera y última vez, un calor emotivo me apuñaleaba y tuve deseos (como lo he hecho con otros libros) de tirar aquel con toda mi pasión contra el suelo, romperlo por cinco o seis partes, para saber que ya era mía, que pobre del que dijera algo estúpido de la reina, sólo atiné a secarme los ojos como un bobo, abrí la libreta que llevaba y comencé a copiar algunos pedazos de aquella lectura, nadie me había preparado para recibir tanta luz, demasiado sol estaba comiéndome la vista, por qué no me habían alertado de ella, será que a la humanidad le estorba un lucero:

 

…Otro día ha pasado y nadie se me acerca.

Me siento ya una casa enferma,

una casa leprosa.

 

Cuando sucumbí a este axioma mis secretos no eran secretos, me hice raíz definitiva, y quién iba a decirme que años después conocería al director de la fundación española Jorge Guillén, el catedrático Antonio Piedra y sería además el editor de mi primer libro, el amigo rotundo que el 20 de Junio de 1996 me llevaría a la casa de esta dama con corona del poetizar.

 

Recuerdo que a las cinco de la tarde era la cita, salimos apresurados, la casa no estaba lejos, Antonio iba delante atravesando una, dos, tres calles, yo detrás, caminando sin caminar, con el corazón que quería salirse, frío, iba a encontrarme con lo imposible, con mi letargo personal, y fue increíble, cuando pasé por el costado de aquel caserón, me dije, he aquí, este es el lugar donde vive, lo sentí por un pequeño balcón y el color de la pared, allí estaba dibujada, completamente, pero por mucho que agudizaras las fuerzas no la presenciabas. Dimos la vuelta y entramos por el frente, abrimos un pequeño portón, subimos unas escaleras y entramos al portal, cuando miré por aquella puerta de cristal y la vi vestida de blanco esperándonos, me subió una lava de pies a cabeza que vino a desembocar por los ojos, era inaguantable, sentí su tempestad ya cerca, estaba ahí, pero a la vez lejísimos.

 

La puerta se abrió, Antonio avanzó hacia la sala, yo detrás, no quería que vieran mis ojos como estaban, y sin pronunciar ni silencios penetré, él la saludó con suavidad respetuosa, yo mudo, insujetable, hasta que me anunció: “Dulce, traigo conmigo a un joven poeta que le acabo de editar su primer libro” y ella sin pensarlo, con reflejo audaz dijo “Ese es el primer pecado”, me mordí la garganta, y seguí arraigado en parálisis de orden, hasta que nos sentamos, yo sólo la miraba, pero no podía verla, era una cosa blanca, no tenía ojos para ella, su cara no era su cara, no sabía como entrarle al alma, hasta que mandaron a acercarme a ella y leerle algunos de mis poemas: “¿Puedo comenzar?” me dio por decir, “Si, si, lee”, no sé cuantos pronuncié, hubo un momento en que me detuve para decirle: “Avíseme cuando no desee escuchar más”; ella, tan humana, señaló: “No, no, sigue, lee otros”. De los que escuchó hubo dos que le agradaron mucho, le repetí uno de ellos:

 

 

 

 

El sol no se esconde,

somos nosotros

desde los exordios;

si se escondiera,

¿con qué tragaluz

crismaríamos al arrobadizo?.

 

Y en otro instante inesperado, como eran los suyos, agregó “Eres un poeta raro, y esto no es un elogio…”; y cuando culminé la lectura del último, reveló para asombro íntimo “Verdaderamente eres un poeta”, “Gracias, muchas gracias” le respondí con un tono ya valiente, y le dediqué mi libro: “Déjeme ser un pedazo de agua en su gotera”. Callé. Había acabado de recibir el bautismo literario, desconozco los segundos que sujetó mi libro, fueron pocos, pero la sentencia de su garganta había caído en el cauce que no enseño a nadie, y como por impulso de centella le desahogué mis sentimientos, impulsé con toda la plenitud que llevo las consideraciones que sobre ella escondía. “En su poesía Ud. se humilla, llora, muestra nostalgias, frustraciones, se aniquila, desaparece, se desvaloriza, es pesimista, pero siento que no le pide ayuda a nadie, que no necesita alguien para ser levantada de su malestar, porque sabe llevar esa carga con dignidad, usted sola se basta; a toda esta carga de sensaciones que he captado en su creación le he llamado Dulzura Metálica, no sé si me equivoco” y para sorpresa y aprobación, para luz de mi visión respondió con exactitud de calma: “No, no te equivocas, estoy de acuerdo contigo”.

 

 

Y continué, seguí enamorándola y a la vez paseándome por un sendero resbaladizo que al menor desatino pudiera haber recibido el latigazo de su severidad; con la Reina no había mucho asiento para el juego tonto, había que enseñarle siempre la pureza del intelecto, aun cuando se pudiera retozar y ella lo permitiera.

 

“Dulce, si en un tiempo nadie la conoció, hoy sí, muchísimos jóvenes la llevamos dentro, allá en mi pueblo de Minas, en pequeñas tertulias hemos presentado sus libros; su poema Y esa luz, es tu sombra nos ha consumido en extraña locura pasional”. Al terminar de manifestarle estos pozos de alabanza necesaria, en un intervalo que jamás podré precisar, le brotó una sonrisa de mujer enorme, porque fue alegría de mujer realizada, y entonces pude verla, pude molestarla como humano, tuve ojos para encontrarla; el bastón atravesado sobre los brazos del butacón donde descansaba las manos fue la mismísima tarde, y sus zapatos negros sencillísimos se me hicieron amigos, pude verle la cabeza, el pelo recogido detrás.

Antonio retomó la conversación, y viajaron a España, ella memorizó perfectamente estancias, personas, hablaron de nombres, familias, épocas, todo se agrupaba y se resolvía fácil entre ellos, yo no supe de qué hablaban, no tengo sus graneros espirituales, conversaban, y como era Junio, la tarde estaba de agua, se escuchó un trueno un poco debilitado, no sé quién dijo “Parece que va a llover”, creo haber asegurado “cuando llueve sube olor a tierra”, ella recordó “En la casa que teníamos en el campo pasaba eso, se hacía sentir el olor a tierra, aquí no, en la ciudad no es muy común”.

Y entró un perrito mediano, venía de algún lugar de la casa, le habían nombrado Tribilín, era un perro sin aspiración de raza, “Es bueno tener un perro”, hablé. “Sí, ellos son los únicos que no traicionan” contestó como abarcando los laberintos de su conciencia, y olí, olí en aquel momento la casa, el tiempo de su vida, la familia, objetos, los seres muertos entre aquellas paredes, como si hubiera caído hacia atrás y no atisbara más que un centro exacto donde se reunían los genes Loynaz, olí (eso si que no lo puedo apartar), olía a flores secas, pero así como escuchan, flores secas, en un grado especial, de manera inefable, y aquel olor fue tal vez lo que me llevó a pedirle permiso a Dulce para recorrer su casa, (cosa esta atrevida que después Antonio me reprendió grandemente) pero tenía que caminar, después de aquella risa, le pude haber pedido un pedazo de soledad y tal vez la regalaba.

 

Me puse de pie y anduve, primero vi el espejo grande que cubre el fondo de la sala, después una vitrina con bellas piezas, y cerca de la vitrina la saleta donde recibían en otras épocas las visitas, o se reunían los miembros de la Academia, no puedo precisar ahora, en todas estas locaciones estaba el pasado, un tiempo que no era mi tiempo, que hubiese querido, pero los años me expulsaban… Antonio me llevó rápido a la sala y al poco rato nos estábamos despidiendo, le besé las manos y la frente “Que Dios la bendiga siempre” pude expresarle con un desgarro contenido, entendí perfectamente que esto sería lo último que podría regalarle, ella como la madre que no pudo ser me dijo “Que todos los sueños que tengas se te hagan realidad”, no supe lo que pasó después de darle la espalda, salimos, y cuando volvimos a caer en la calle, un árbol nuevo me rompía, con ramas extensas que salían a ser naturaleza retoñada, una parición que durará bastante cantaba, no estaba ni alegre ni triste, era una canción fronteriza, que llevaba apretada desde 19 y E.

 

Un mes antes de morir la llamé por teléfono, quería invitarla a Minas, pero le estaba pidiendo lo imposible, no sabía que los días los tenía ya contados.

 

El 27 de Abril, cuando cerró el tragaluz de su alianza y dijeron que había sucumbido para la eternidad, que había acabado en la tierra su respiración, yo estaba haciendo la animación de un festival municipal de canto, y desde hacía dos días no atinaba a otra cosa que a organizar mis ideas en torno a este espectáculo, cuando un amigo (momentos antes de comenzar el concurso) me comunica la noticia, después me lo repitieron dos, tres, cuatro personas bajo la música y los gritos del público; era increíble, no podía ser.

 

Sin poder gritar mucho mi pena partí para el trabajo al día siguiente, se alzaba la labor cotidiana en su danza monótona.

 

En aquel Mayo de 1997 llegaron cartas atrasadas de Antonio, en una postal con fecha 26 de Abril, después de haber llamado ese día a la casa de Dulce, me indica:

 

“Querido Juan:

 

Dulce está cada día más apagada. Es una pena. Se nos va Juan. Dulce está a punto de írsenos sin darnos cuenta. Pero hay que estar impávidos ante el desenlace. La vida no tiene otra voluntad que el término feliz del adiós.

Un gran abrazo.”

 

Entendí entonces que se había ido con un grupo de almas buenas, hasta que se escuche la voz de Jesús, y Dulce regrese a traernos recados de lo que vendrá, a unirse con los que en ese siglo estén vivos por el orbe.

 

Señor, ayúdanos a andar con la Reina por el río de la vida, y allí, en una de las puertas de la grandiosa ciudad, une lo que el hombre quiso separar, vislúmbranos el valle que dejamos los humanos.

 

 

 
 

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